Quienes conocieron a Enrique Telémaco Susini, fallecido en 1970, recuerdan su físico voluminoso y su ímpetu, como si siempre estuviera esperando algo con optimismo; de hecho fue médico a los 22 años, periodista, melómano y varias otras cosas, aunque ninguna tan importante como haber realizado hace un siglo -el 27 de agosto de 1920- la primera transmisión de radio recreativa en la Argentina.
Con la ayuda de su sobrino Miguel Mugica y sus amigos César Guerrico y Luis Romero Carranza, formó el grupo que terminó por ser bautizado como Los Locos de la Azotea. La historia es muy conocida y agrega otro galardón de pionero a un país que gusta de vanagloriarse de inventos como el colectivo, el dulce de leche y el bolígrafo.
En esos tiempos en Buenos Aires se editaban los diarios La Prensa, La Vanguardia, Crítica, La Nación, El Cronista, Comercial, además del decano La Capital (Rosario), LA GACETA y El Diario (Paraná), las únicas formas cotidianas de información masiva.
De la experiencia de 1920 surgió la pionera de habla hispana Radio Argentina, seguida por Radio Prieto, Cultura, Fénix, Porteña, Municipal, La Voz del Aire, Splendid y Stentor. Hubo otras como Radio El Abuelito, La Abuelita, Muebles Díaz -emitía desde la mueblería famosa por su chalet construido en una terraza de Cerrito y Sarmiento-, Cine París, Mayo, Radio La Razón y Centro Espiritista, que luego se llamó Sarmiento. En 1935 apareció El Mundo, que pronto fue líder ( funcionaba en Maipú 555, donde ahora está Radio Nacional): en cuyo suntuoso auditorio los oyentes se agolpaban para ver a sus ídolos en carne y hueso en programas que generalmente no duraban más de 15 o 30 minutos (el formato de una hora fue impuesto luego por la televisión).
Locutores e intérpretes actuaban de pie ante los micrófonos y se vestían de etiqueta. Las emisoras tenían sus propias orquestas típicas y populares estables, además de recibir la visita de artistas y agrupaciones.
Un fenómeno particular fue el del radioteatro: muy especial es el caso de “Chispazos de tradición”, definido como “un churrasco criollo chorreando sangre gaucha”. Hacia 1933, los elencos se multiplican y buscan su “target”: había romanticismo, unitarios y federales, bandidos rurales, nativismo, infantiles, misterio, aventuras en lugares remotos. Entre los años 40 y 50 competían los emprendimientos populares y en el “Teatro Palmolive del Aire”, por La Voz del Aire, el galán Oscar Casco calificaba de “mamarrachito mío” a Hilda Bernard. En paralelo con el peronismo y el voto femenino aparecieron autoras como Celia Alcántara y Nené Cascallar.
En la radio hubo de todo: libretos de hierro, publicidades en vivo, humor, fútbol y desde que apareció la televisión se la dio por muerta en numerosas oportunidades; desde las primeras transmisiones cuando nadie sabía que eran en AM, pasó por la FM (fenómeno masivo a partir del regreso de la democracia), la onda corta y llegó a las plataformas digitales, con las app en los celulares y las experiencias on demand. Todos los epitafios terminaron en el basurero. Por lo menos por el momento. nadie puede aducir que no está bien viva y rozagante.